martes, 3 de junio de 2008

Sigo...


Sigo sin fumar. Hoy he salido con mi amiga Arisea (pensaba salir con Pumu y Beck, pero ha sido imposible) y, como ella no fuma, fiel a mi promesa yo tampoco lo he hecho aunque me moría de ganas. No es que esté especialmente orgullosa de mí misma, aún estoy en la fase de rabiar por todo, pero bueno... Al menos he dado el paso, ¿no?
Esto de estar dejando el vicio es un aburrimiento, y además no consigo quitarme de la cabeza la molesta idea de que en el fondo no lo dejo porque yo quiero. ¿Por qué tengo que hacerle caso a Depita, si a mí fumar me gusta? ¿Por qué me ha tenido que ir a gustar un hombre tan sano?
Esto me recuerda a un novio que tuvo mi tía. Llegó a casa con aires de salvador del planeta y cuando le ofrecimos cerveza, el tío aquel (con el que mi tía llevaba apenas dos meses) dijo "no, desde que está conmigo, ella ya no prueba las cosas malas para la salud".
Puaj.
Señores, soy española. Esto quiere decir que adoro los pequeños placeres de la vida como tumbarme al sol panza arriba (sí, aunque me arriesgue a pillar cáncer de piel), comer (aunque engorde), dormir (aunque me llamen perezosa), charlar (aunque me llamen maruja o cotilla), beber, fumar, hacer el loco, acostarme tarde, dormir hasta bien entrada la mañana, hablar alto y ligar con los camareros. Yo soy así.
Y no voy a fumar. Me pongo una semana. En una semana recapitulo. Pero no dejo de fumar porque me lo haya pedido un Depita loco, sino porque me voy a demostrar a mí misma que si quiero puedo dejarlo cuando a mí me dé la gana.
Faltaría plus.

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