
Una de las cosas malas de encontrar al hombre de tu vida, es que éste sea más guapo, más elegante, más refinado y más sano que tú.
He pasado cinco años saliendo con un hombre (le llamaremos Profe) que fumaba como un carretero, nunca comía ni dormía a sus horas, trabajaba todo el tiempo y le daban los jamacucos más extraños. Con lo cual, yo era la sana de los dos porque si me olvidaba de comprar tabaco y al llegar la noche descubría que no tenía cigarro para fumarme en el desayuno, no empezaba a arrancarme pelos ni a golpearme con las paredes. De hecho, con él podía permitirme el lujo de echarle sermones y decirle que como no cambiara, yo no podía hacer planes de futuro con un tío que no me iba a durar ni tres asaltos.
Bueno, pues resulta que en noviembre lo dejo con Profe (separación traumática donde las haya) y poco después aparece un nuevo hombre (a quien llamaremos Depita) en mi vida.
Este hombre es lo que podríamos llamar una perita en dulce. No bebe (casi), no fuma (casi), conduce, trabaja, se acuesta a sus horas (casi siempre)... ¡Y todo eso sin ser aburrido! Porque vamos, así descrito parece el empollón de la clase, pero nada más lejos de la realidad.
El caso es que ayer estamos hablando y me dice que tengo que dejar de fumar, que tengo que dormir más y no sé qué más historias. Vamos, que tengo que convertirme en lo que no he sido nunca por más que mi madre me haya amenazado física, psicológica y económicamente: una persona sana.
Puaj. Sana. Lo que me faltaba por oír.
Y de repente me he dado cuenta de que aquí en España hay poca gente normal que se precie de ser sana. Somos el país del vicio. No eres nadie si no tienes un pequeño vicio que te dé carta de presentación. Da igual que seas adicto al tabaco, a la bebida, a las series de la tele o a la ropa de un determinado color. Tienes que estar poseído por algo más fuerte que tú. Siempre.
O sea, que Depita me está intentando obligar a ser ciudadana del mundo en vez e producto regional.
Pero como sé que tiene razón y que cuando pasen unos años voy a estar tan cascada como el Profe estuvo en su día (y eso que él no tenía migrañas), voy a intentar convertirme en sana y, de paso, en divina. En los próximos días elaboraré una lista con todas las cosas que tengo que hacer para convertirme en la sana de la relación y poder darle sermones a él.
En el fondo, he creado este blog para subirme la moral y ver mis avances...
De momento, llevo un día entero y la mitad de éste sin fumar.
De dormir, mejor ni hablamos.
Continuará...
He pasado cinco años saliendo con un hombre (le llamaremos Profe) que fumaba como un carretero, nunca comía ni dormía a sus horas, trabajaba todo el tiempo y le daban los jamacucos más extraños. Con lo cual, yo era la sana de los dos porque si me olvidaba de comprar tabaco y al llegar la noche descubría que no tenía cigarro para fumarme en el desayuno, no empezaba a arrancarme pelos ni a golpearme con las paredes. De hecho, con él podía permitirme el lujo de echarle sermones y decirle que como no cambiara, yo no podía hacer planes de futuro con un tío que no me iba a durar ni tres asaltos.
Bueno, pues resulta que en noviembre lo dejo con Profe (separación traumática donde las haya) y poco después aparece un nuevo hombre (a quien llamaremos Depita) en mi vida.
Este hombre es lo que podríamos llamar una perita en dulce. No bebe (casi), no fuma (casi), conduce, trabaja, se acuesta a sus horas (casi siempre)... ¡Y todo eso sin ser aburrido! Porque vamos, así descrito parece el empollón de la clase, pero nada más lejos de la realidad.
El caso es que ayer estamos hablando y me dice que tengo que dejar de fumar, que tengo que dormir más y no sé qué más historias. Vamos, que tengo que convertirme en lo que no he sido nunca por más que mi madre me haya amenazado física, psicológica y económicamente: una persona sana.
Puaj. Sana. Lo que me faltaba por oír.
Y de repente me he dado cuenta de que aquí en España hay poca gente normal que se precie de ser sana. Somos el país del vicio. No eres nadie si no tienes un pequeño vicio que te dé carta de presentación. Da igual que seas adicto al tabaco, a la bebida, a las series de la tele o a la ropa de un determinado color. Tienes que estar poseído por algo más fuerte que tú. Siempre.
O sea, que Depita me está intentando obligar a ser ciudadana del mundo en vez e producto regional.
Pero como sé que tiene razón y que cuando pasen unos años voy a estar tan cascada como el Profe estuvo en su día (y eso que él no tenía migrañas), voy a intentar convertirme en sana y, de paso, en divina. En los próximos días elaboraré una lista con todas las cosas que tengo que hacer para convertirme en la sana de la relación y poder darle sermones a él.
En el fondo, he creado este blog para subirme la moral y ver mis avances...
De momento, llevo un día entero y la mitad de éste sin fumar.
De dormir, mejor ni hablamos.
Continuará...

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